Blog, Desarrollo Personal, Pensamiento Sistémico Luis Dorrego - 20/04/2019

Vivir de las apariencias duele

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Vivir de las apariencias duele

Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos.  François de La Rochefoucauld

Bert Hellinger descubrió que, además de la conciencia individual, los sistemas tienen su propia conciencia y estas entran en conflicto muchas veces. Pertenecemos a múltiples sistemas a lo largo de nuestra vida. El primero nuestra familia, los grupos adolescentes mas tarde. Como adultos transitamos por los diferentes sistemas laborales, los grupos de amigos, incluso los nacionales.

España, como el sistema que conocemos, nace hace relativamente poco tiempo. Aunque el nombre existe desde los romanos, el primer intento de unificación nace de los Reyes Católicos. Y digo que lo intentaron porque no lo consiguen; aunque los cimientos están instalados. No es hasta Felipe V quien convierte a España en un país centralizado a semejanza de su familia francesa. ¿Qué ha ocurrido durante esos 200 años?

Si tomamos la expulsión de judíos y árabes como ese intento de unificar a una sociedad que ha vivido entre guerras durante toda la Edad Media, lo que surge son las señas de identidad del «ser español». Una de las más importantes es ser cristiano. No solo serlo sino aparentarlo, que no te identifiquen con una de las otras dos religiones. Se llegan a dictar estatuto de limpieza de sangre que vetaban el acceso a dignidades y empleos a quienes tuvieses antepasados judíos.  La mayor parte de esos españoles decidieron quedarse y convertirse al catolicismo. Debido a las conversiones masivas de esa época, las diferentes categorías entre cristianos nuevos y viejos ya existentes aumentaron. Asimismo las desigualdades y las desconfianzas. Es por ello que los conversos se propusieron borrar cualquier huella de su ascendencia judía con el fin de ¡seguir perteneciendo a su país!

Borrar el pasado de un sistema, el pasado de nuestros ancestros, de donde venimos, causa dolor. También un clima de lucha y confrontación contra los perpetradores al convertirse (de nuevo en la Historia) en víctimas.

La persecución consiguiente convirtió a una parte del país en delatores, vecinos sedientos de venganza, mentirosos que deseaban lucrarse con los bienes de los acusados o medrar gracias a sus puestos. Todo aquello creó una sociedad del miedo y de mentiras. Como escribe José Manuel Fajardo:

Mentiras para sobrevivir a esa constante amenaza, ocultándose bajo la piel de otro nombre o de una fe fingida. Miedo a perder todo lo que se tiene, a ser denunciado, miedo a la tortura, a arder en la hoguera. Un miedo profundo que se prolongó durante siglos.

Ya se conoce el origen judaico de San Juan de Ávila, fray Luis de León o Santa Teresa de Ávila. Actualmente se debate sobre ese mismo posible origen converso de autores como el autor del Lazarillo, Miguel de Cervantes, Fernando de Rojas e  incluso fray Bartolomé de las Casas.

Son autores que combinan la crítica de la corrupción social y moral y el mal uso del poder, con la exposición de los escollos sociales a la felicidad privada, la necesidad del fingimiento y de la ocultación de identidad.

Escritores que hablan del y desde el miedo. El miedo a «los otros», a ser diferente.

Es de sobra conocida la imagen quevedesca del hidalgo español que se echaba migas de pan por la barba para aparentar que había comido… En un país en la bancarrota y muerto de hambre.

Los escritores del Siglo de Oro reflejaron muy bien ese mundo mentiroso de apariencias. La necesidad de fingir y de «ser otro». Cervantes puso en boca de su hidalgo: Yo sé quién soy, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías. Es decir, un «loco». Y hay que estar loco para salirse del tiesto de la ortodoxia de España. Desde el Lazarillo hasta los, muchos, rebeldes de Calderón, se mueven en conflictos de adaptación a los diferentes sistemas a los que pertenecen.  Al menos estos autores los nombraban, podían aventurarse a hacer arte con ello. Aunque tuvieran que renegar de sus raíces.

En esta vida la primera obligación es ser totalmente artificial. La segunda todavía nadie la ha encontrado. Oscar Wilde

Te has preguntado alguna vez por qué se cuelgan los jamones en los bares? ¿Por qué hay una cultura tan potente sobre el cerdo y sus productos? ¿Crees que puede venir de que «los otros» lo tienen prohibido? Se llega a considerar un «sacrilegio» hablar mal del jamón en público. Yo lo he comprobado.

¿Cuánto de ese miedo subyace hoy en día? ¿Cuánto necesitamos aparentar en esta cultura española? ¿Cuánto miedo tenemos a ser diferentes o sobresalir?

Creo que existe una tendencia, o mas bien, una creencia en la que «se corta la cabeza al que sobresale». El síndrome de Procusto o despreciar al que sobresale. Un autor de la época áurea, cuyo nombre no recuerdo, escribió que España era una madrastra con sus hijos y una prostituta con los extranjeros. Decía Fernando Fernán Gómez (otro «heterodoxo») que el deporte nacional no era la envidia, sino el desprecio. No hacer aprecio del otro, no desear lo que posee solamente, sino apartarle, sentirle asco.

Nunca sabremos por qué irritamos a la gente, qué es lo que nos hace simpáticos, qué es lo que nos hace ridículos; nuestra propia imagen es nuestro mayor misterio. Milan Kundera

Del miedo a los extraños ya escribí en otra ocasión. A este efecto, lo que conserva el sistema es ese miedo a no hacer «lo que siempre se ha hecho», «lo que dios manda». A salirse del tiesto y ser diferente, a ser «rebelde», único. Tú mismo.

Pudiera parecer que es algo superado en este «moderno» país. Yo no lo creo así. Existe el miedo en el sistema. No hay más que refrescar la Historia del país y comprobar que esa emoción subyace en muchos de los comportamientos públicos.

El miedo, que de eso el sistema España sabe mucho porque lo ha vivido, es la expresion de un dolor profundo no sanado aún. La conciencia del sistema lo sabe. En la conciencia individual pesa mucho la de los sistemas a los que pertenecemos. Y me pregunto en cuántos de nosotros habrá un dolor por no hacer sido nosotros mismos. ¿Cuánto de freno miedoso hacemos en nuestro día a día para seguir ese patrón?

Vivir con y de las apariencias causa dolor porque no conectamos con nuestras raíces, con nuestros ancestros. Conectamos con la conciencia del sistema, pero no con la nuestra. Porque seguro que nuestros abuelos o padres soñaron con algo diferente para ellos y luego tuvieron que adaptarse.

Vivir para los demás, para el «qué dirán», nos hace sentirnos pertenecientes a algún sistema y ello nos da paz. Sin embargo los mismos sistemas necesitan «rebeldes» para avanzar, si no se anquilosan, no evolucionan.

Y claro, que existe un miedo al cambio en los humanos, en unos más que en otros. Ahora pregúntate cuánto de ese temor al cambio pertenece a tu cultura, al sistema que hace sentir «bien» porque pertenece y cuánto es tuyo. Cuánto hay de «vivir en la apariencia» en tu vida.

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