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DeEsta crónica rápida comienza a finales de febrero de 2022. El día 24 comienza lo que estamos llamando la guerra entre Rusia y Ucrania y días después, en el patio de un colegio, unos niñ@s preguntan a otro «¿con quién vas?». El niño responde que «con Rusia», a lo que los demás le increpan «¡vas con Putin!, entonces no queremos estar contigo». Este niño vuelve a su casa llorando y su padre envía un largo mensaje al chat de las familias del «cole», explicando que él y su hijo son rusos, aunque su propia madre, la abuela del niño, es ucraniana. También la madre del chico es rusa, aunque el padre de ella, el abuelo es ruso y  la madre, la abuela del chico, de Ucrania. Los padres del niño no habían contado nada al su hijo sobre lo que estaba sucediendo en esa tierra.

Esto acaeció en la clase de mi hijo y al recibir el WhatsApp me quedé muy triste, profundamente triste.

Me quedé con la emoción del niño excluido por los compañeros, y me conecté con mi propia exclusión de cuando era pequeño. Además quise reflexionar sobre este tema y por ello escribo esto a vuelapluma.

La Madre Patria, la estatua que vigila Volgogrado. En homenaje a la batalla de Stalingrado

La Madre Patria, la estatua que vigila Volgogrado (antigua Stalingrado). En homenaje a la batalla de Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial.

Las primeras preguntas surgieron a raíz de la pertenencia: Porque ¡qué importante debe de ser para este niño vivir en España, hablar ruso y  sentir que eso es «malo», bajo la mirada de los otros!. Sistémicamente, la «buena conciencia» es cumplir con los mandatos de la moral, de la conciencia del sistema al que pertenecemos y para pertenecer. Si no se crea «la mala conciencia» y eso hace daño. Para el chico ruso ¿pertenecer significaba estar con su país y con su presidente? Este chico ¿podía abandonar a su sistema nacional para pertenecer al de la clase del colegio español? Obviamente, no tenia la edad ni el raciocinio para discernir el entre uno y otro. Y nosotros, ¿lo tenemos para los demás? ¿Diferenciamos nosotros entre un país y su cultura? ¿Entre las acciones bélicas de una nación y su arte o artistas? ¿Estamos ya en un nivel de «perversión» emocional tan alto que podemos, como adultos, caer en la «rusofobia» para pertenecer a un «occidente»?

Todo esto me lo pregunté en esos momentos y quiero desarrollarlo en estas líneas, sin dejar de hacerme preguntas que me lleven a otro sitio que no sea el ya conocido por la experiencia o la historia de los conflictos de la humanidad.

Como ya he escrito en varias ocasiones, pertenecer es fruto del inconsciente, de nuestra necesitad de supervivencia. El hecho de necesitar tantísimo cuidado como crías y la posterior vivencia en distintos sistemas -familia, amigos, trabajo…-, desarrolla en nosotros ese sentido de pertenencia vital: No pertenecer significa morir a un nivel profundo. Si no nos cuidan de pequeños, perecemos, y este miedo lo repetimos durante nuestra vida, experimentándolo en los demás sistemas. Por eso, al pertenecer, asumimos las reglas del sistema. Hacemos lo que los padres desean y seguimos sus órdenes desde chicos; en suma, obedecemos. Desobedecer significa la muerte, en nuestro inconsciente. Eso se traduce en tener  «buena conciencia». Tener «mala conciencia» es incumplir esas reglas, esos mandatos, y así, con este comportamiento, llegamos a sentirnos culpables y que el miedo nos lleve hacia la desaparición. Este condicionamiento lo repetimos, insisto, inconscientemente, cuando vivimos en el resto de los sistemas a los que perteneceremos.

En definitiva. lo que asegura nuestra pertenencia lo experimentamos como «bueno» gracias a nuestra buena conciencia individual. Lo «malo» está unido al miedo de haber perdido nuestra pertenencia y, con ella, también nuestro derecho a la vida. Lo «bueno y lo malo» está al servicio de la supervivencia de del grupo.

En el caso de los niños del colegio, ambos «bandos» tenían «buena conciencia»: El niño ruso por sentirse ruso (en su conocimiento limitado) y los compañeros por sentirse occidentales, digamos: lo que ven la tele y escuchan en sus casas. Ambos seguían a «lo bueno». Igual que los adultos cuando desean que gane su país o la representación del mismo, ya sea en un deporte o en un concurso artístico. ¡Qué raro es que haya una persona que valore un mejor equipo de futbol o un cineasta por encima de los de su país y que lo exprese en público! Me parece extraño…

Explorando este concepto, ¿es posible que lleguemos a ser perpetradores con la finalidad de «tener razón»? ¿Con el objetivo de preservar el sentido de pertenencia? ¿Así nacen también las guerras?

Como ya he contado en otras ocasiones, la conciencia Individual  la siente una persona y la conciencia colectiva es sentida por el grupo, por el sistema. Se trata de las enseñanzas de Bert Hellinger y sus «descubrimientos». La conciencia colectiva a está al servicio de los sistemas, ya sea de la familia, de la empresa o de la nación. Está, en definitiva, al servicio de la supervivencia del sistema, por ello, contempla la posibilidad de «sacrificar» a algún miembro del sistema. Si el interés del individuo está en contra del interés del sistema, ese individuo puede desparecer para la preservación del grupo y eso «es bueno». La «buena conciencia» mantiene el sistema unido y la «mala conciencia» se convierte en un peligro.

Es por eso por lo que tener «mala conciencia», o «traicionar» al sistema que pertenecemos siguiendo nuestra propia conciencia no es tan fácil, mejor dicho, es peligroso.

Regresando al conflicto sobre si excluir al arte, a los artistas o a las figuras representativas de otros sistemas, tenemos que revisar nuestra conciencia y sentir lo que nos dice. Puede ocurrir que aceptemos, en nuestro fuero interno, que ver El Lago de los Cisnes y escuchar a Prokofieff o leer a Tolstoi, así como disfrutar del  Spartak de Moscú, es «bueno» para nosotros. Y, posteriormente, pasar a la conciencia colectiva y sentir que hay que prohibir todo lo relacionado con esa nación para poner de nuestra parte en nuestro sistema. Así tranquilizamos  nuestra conciencia. No tengo que nombrar ningún hecho histórico para que se me pongan los pelos de punta imaginando que se vuelva a repetir.

Monumental estatua de la madre Patria, símbolo de la victoria soviética en la Gran Guerra Patria (Segunda Guerra Mundial), 1941-1945. Kiev. Ucrania

Estatua de la madre Patria, símbolo de la victoria soviética en la Gran Guerra Patria (Segunda Guerra Mundial),. Kiev. Ucrania – En la mano izquierda sostiene un escudo con el emblema del Estado de la Unión Soviética.

Los niños del colegio no hicieron más que eso, pertenecer a su sistema colectivo. De esa forma se sintieron pertenecientes y aseguraron su supervivencia. Ni más ni menos que como nosotros. Y me pregunto ¿nos estamos comportando como niños cuando nos sentimos pertenecientes?

En España, durante la guerra Civil se vivió una idéntica situación respecto al a cultura: Había artistas y figuras reconocidas del arte y el pensamiento que pertenecieron a los diferentes bandos o que se posicionaron. Cuando terminó la contienda, durante la postguerra, esta polaridad  continuó. De esa forma, se identificó a los «buenos» y a los «malos» dependiendo del bando donde estuvieron posicionados. Además se les negó ( y a su obra) el derecho a tener un lugar en el sistema España.  De esa  forma, durante décadas, se perdió la conexión con el hilo cultural del país.  Como quiero demostrar, esto causa mucho dolor, ya que nuestra necesidad primera es la de pertenecer. Pertenecer a un sistema que tiene sus rasgos, que tiene sus elementos, su lugar , dónde nos identificamos y esas características, al igual que el idioma, la lengua, nos hace tener una identidad dentro del sistema «nación». «Amputar» una parte del sistema, por ejemplo, su lengua o su expresión artística, tiene su precio en forma de repetición o de patrón sistémico, como ya he dicho en otras ocasiones.

Para concluir, la «buena conciencia»  puede producir efectos negativos. Peleamos para tener razón, para encontrar  «justicia», y así tranquilizar nuestra conciencia. Si miramos un poco más profundamente esto puede llegar a ser «venganza». Y esa «venganza»,es la que  puede procurar nuestra supervivencia. La «buena conciencia» incluso puede significar algo sagrado para el sistema y llegar a la «guerra santa». Para los que creen en ella, se trata de una forma de tener la conciencia tranquila.  Y, ahora, me pregunto, un tanto inocentemente, ¿qué es lo sagrado para nosotros hoy? ¿Nuestra forma de vida? ¿La gasolina? ¿Nuestra familia?¿Nuestras madres? ¿Nuestra Madre Patria?

Como quiero exponer, el sistema no es un dictador, no un dirigente…, a este nivel, se trata de un estado, de una nación, o de una patria. Nosotros la llamamos Madre Patria como a la Tierra, Madre Tierra. Patria proviene del latín , derivado de padre, así «madre patria» sería el resultado de unir al padre y a la madre en una única expresion. Y ¿quién no sigue a sus padres? ¿Qué llegamos a sentir si dejamos de obedecerles en nuestro corazón? La «mala conciencia» actúa y así el sistema pervive.

Y ¿no existe otra solución que seguir esos mandatos paternos/maternos? ¿Cómo superar a la «mala conciencia» que nos obliga a permanecer fieles a nuestros sistemas?

Al mismo tiempo existe una Conciencia Superior, una conciencia emergente, llamada Alma Universal, o Mente-Espiritu, según Bert Hellinger, que es donde se resuelven los problemas surgidos en un nivel más bajo. Ella existe a un nivel más alto, traspasando los límites de nuestro grupo, nos sintoniza con algo Mayor. Lo podemos llamar Ética o Gran Alma. Se trata de un lugar donde ha desaparecido la necesidad de compensar una injusticia o una enemistad. Aceptar el disentimiento, escuchar al «otro» desde su lugar, ejercer la verdadera empatía, es algo que se tiene que trabajar profundamente  para dejar de ser niños que un día son enemigos y al otro grandes amigos. Si reconocemos que existen varias vías de conseguir el encuentro más allá de las conciencias individuales y colectivas, si transcendemos ese espacio y llegamos a liberarnos de nuestras anteriores conciencias, podremos alcanzar La Paz.