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Abrazos sistémicos.

Desde que las Constelaciones Familiares atrajo mi interés, mi corazón y  mi alma, no he dejado de preguntarme sobre los milagros. Tanto en mi consulta como en el curso de Psicoescena® (Teatro y Constelaciones) o en el Taller de Seducción, y en los demás talleres y cursos que realizo, las Constelaciones siempre están presentes de alguna forma, ya sean familiares, organizacionales o «teatrales», y casi siempre en ellas se producen,  «milagrosamente», los abrazos como el maravilloso acto del encuentro y la sanación del sistema.

Aquí el primer testimonio:

Anoche ocurrió un milagro, como el de la otra noche que estaba sola: necesitaba un abrazo y me encontré una nota de mi madre dentro de la cama (para mi esto fue un abrazo).  Pues ayer, según llegué del curso a casa, apenas dejar el bolso en mi habitación, salió de la cocina directa a abrazarme, me decía que lo pasó muy mal la noche anterior que no paraba de acordarse de mi y sentía mucha pena.  ¡Es muy fuerte!  Intuición de madre… casualidad… no sé, yo digo milagro. Porque se van siempre tooodos los fines de semana al pueblo.

 

Dentro del enfoque sistémico, la aportación de Bert Hellinger es poderosa:

Cada familia es un sistema que funciona con sus leyes propias, y comunes a todas, que aseguran su supervivencia.

A cada desequilibrio en la familia, estas leyes, o conciencia familiar, se encargan de reajustarlo consciente o inconscientemente. Romper con ellas permitirá que aparezcan en el sistema familiar fuertes conflictos o comportamientos límite. Entre ellos el rechazo al amor de los padres.

 Te escribo para darte las gracias. ¿Te acuerdas que me contaste lo del abrazo y tal…? Mi madre y yo nunca nos damos abrazos, nunca, (y eso que he salido mucho de viaje) y al verla de nuevo, mi madre me dijo: «¡Ay, hija mia! ¡Dame un abrazo!» ¡Flipé en colores!

Gracias a tu ayuda, le pude decir a mi madre que la quiero y que sé que ella me quiere también. Lloró un montón porque yo nunca se lo había dicho… Ya sabes, lo típico: eres mi madre y me importas mucho: Pero nunca le dije «te quiero» alto y claro.

Una de esas leyes, «ordenes del amor», según Hellinger,  es la vinculación y el derecho a la pertenencia:

Todas las personas tienen el derecho a la pertenencia y por igual.

Por lo que si un miembro de la familia ha sido excluido (y la exclusión compete multitud de factores, tanto físicos como verbales) algún miembro posterior de ese sistema heredará esa vinculación y llegará a repetir patrones o se identificará con él.

Este es el caso de una mujer en conflicto con su madre, que heredó el nombre (y la vinculación) de su tía, muerta muy joven, antes de que la clienta naciera:

Al salir, llamé a mi madre y le propuse que fueramos a comprar flores al mercado de los domingos, y me dijo que sí. Durante el viaje en metro le pregunté por su hermana  y me dijo que ella tenía cinco años cuando murió y que nunca hablaban de ella en su casa, pero me ha contado que la quería mucho y que no sabe por qué me puso su nombre, quizás por que siempre sintió mucho su falta y era como una forma de honrarla. 

 Después hemos dado un largo paseo  e incluso me ha contado varias confidencias… Además me ha dicho:» sabes, esto solo puedo contártelo a ti», y he sentido su confianza y su cercanía, y, por primera vez, he sentido a mi madre.

El segundo «orden» de Constelaciones es el del equilibro entre el dar y el recibir.

Los padres dan y los hijos nunca podrán devolver lo que han recibido de ellos. Sin embargo entre una pareja, los padres por ejemplo, tiene que existir ese equilibrio ya que son iguales. Entre padres e hijos no, al igual que entre profesores y estudiantes.

O entre el terapeuta y el cliente: «el cliente que no da no se permite recibir», según Freud. Hoy lo observo en los cursos, los que menos se entregan menos se llevan.

Existen unas jerarquías en los sistemas humanos que han sido marcadas por el tiempo: el primero es el primero y luego está el segundo y luego el tercero y así sucesivamente.

Este es el tercer «orden del amor».

Respetar este orden, que impone un deber y un derecho distinto a cada uno de los miembros del sistema, no es tan fácil y es posiblemente el que más incumplimos los humanos, no hay mas que ver la sociedad que hemos creado y el lugar dejado a los mayores.

En una familia los padres ocupan el primer lugar, seguidos de los hijos, por orden de edades;  este es el orden sistémico. «Del respeto del orden nace un amor adulto y humilde, un amor muy fecundo», escribe Brigitte Champetier de Ribes.

Y el último testimonio:

Serendipity. Concepto poco utilizado en español, y que de hecho no sé exactamente como se debería traducir del inglés. Pero se trata de esas situaciones (raras), donde estás buscando algo concreto y te encuentras con algo mucho mejor. No solo por inesperado, sino por ser mucho mejor.

Entré en el estudio de Luis buscando «una nueva seguridad» (esta fue su definición de mi reto), y encontré un abrazo de mi padre. Nunca fui consciente de que lo podía necesitar. Ni siquiera de que lo fuera a valorar. Entré para hablar de mi trabajo y mis cuitas de ego, y me encontré aprendiendo a ser el pequeño, y anhelando un gesto de mi padre.

Y la siguiente vez que le vi ocurrió. Siempre he hablado mucho con mi padre, y siempre bajo una atmósfera formal o, en el mejor de los casos de «respetuosa diversión». Nunca con intimidad. Nunca con cariño. Pero ese día fue distinto. Serendipity.

Nos sentamos en el sitio de siempre. A la distancia de siempre. La misma luz, y el mismo fondo de conversaciones animadas entre la abuela (mi madre) y los nietos (mis hijos). El número habitual de personas, y como siempre, mi padre y yo haciendo un aparte en los primeros 15 minutos de nuestra llegada.

No soy capaz de identificar nada nuevo, nada que hiciera prever lo que iba a ocurrir. Mi padre y yo charlando como en tantas ocasiones a nuestra llegada de viaje. Repasamos la actualidad, valoramos nuestras posiciones con viveza, como siempre.

Me cuesta recordar por que o en que momento estaba nuestra charla (seguro que relacionada con los tipos de interés), probablemente la conversación se  detuvo por un instante.  Pero tengo muy grabado el gesto, el firme apretón en mi hombro completado por un breve, pero inequívoco abrazo.

También vi una sonrisa en sus ojos verdes enmarcados de arrugas; los míos no pudieron retener la emoción. Sin más. Sin razón. Ese es mi padre. Soy su hijo. Y me gusta serlo.

No es coaching, Luis. Es serendipity.

Muchas gracias a todos los que, con sus milagros, han llenado esta pagina.

Que siga la magia.