Blog, Desarrollo Personal Luis Dorrego - 28/10/2018

Lo que callamos

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Lo que callamos es más doloroso que lo que decimos.

Por muy violenta que haya sido una discusión lo que hemos callado ha sido más potente que todo lo que ha salido por nuestra boca y nuestro cuerpo. Y ¿por qué? Porque nos lo hemos dicho antes a nosotros mismos. Dentro de nuestro ser nos lo decimos todo y no todo sale a flote. Sin embargo, lo hemos imaginado y hemos enviado a nuestro cuerpo descargas químicas y eléctricas a través de las emociones. Ya lo he escrito en alguna otra ocasión, nuestro cuerpo recibe todo el impulso enviado por nuestro cerebro y lo convierte en acción externa o interna.

Hay muchos motivos por los que callamos: Uno de los importantes es por no herir a los demás. Tenemos miedo de su reacción. Nuestra falta de asertitivad nos lleva a limitarnos en las acciones cotidianas constriñendo nuestro ser. Ahí es donde nuestra personalidad se modifica.

Callamos lo que nos molesta y terminamos por callar lo que nos gusta, lo que nos da placer.

¿Recuerdas la última vez que pediste algo a los demás para procurar tu propio placer? ¿Sabes dónde se han quedado tantas ideas placenteras?

Hoy existe otra forma de callar muy dolorosa que es la autocensura. Nuestra sociedad es «políticamente correcta» y el personaje social que estamos construyendo es «tan correcto» que deja de tener identidad y terminará por desaparecer por lo que «calla». Al autocensurarnos borramos partes nuestras como la goma sobre el papel, hacemos desaparecer parte de nuestros deseos, ideas, actitudes…
¡Cuidado! No estoy diciendo que no tengamos que cambiar nuestro lenguaje para mejorarnos al tiempo que mejoramos nuestras relaciones y al propio planeta, usando un lenguaje positivo, asertivo…, sino que al callar nuestra opinión por algo impuesto desde fuera, estamos perdiendo parte de nuestro ser. Y esta es una pérdida de la parte de nuestro ser que se conecta con el valor de la libertad, se mire por donde se mire. Ejercer mi derecho a la libertad no significa que no tenga que tener respeto por las opiniones de los demás. En eso consiste la libertad de poder hablar en lugar de callar.

Desapruebo lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho de decirlo. Jean-Baptiste Poquelin Molière

Al reprimir lo que sabemos y ocultamos, su intensidad va aumentando internamente produciendo ideas, comportamientos, actitudes y roles que son producto de eso no dicho. Es como si fueran atacando diferentes partes de nuestro cuerpo momento a momento cuando callamos esto o aquello. Toda acción tiene su consecuencia y la no-acción, el silenciar nuestra voz, también.

No estoy diciendo, por supuesto, que lo tengamos que decir todo. No quiero contribuir al aumento del «sincericidio». Este «palabro» inventado recientemente viene a definir los comportamientos de algunas personas que usan «su verdad» para convertirla en algo absoluto. Es lo opuesto a la corrección política. El «sincericida» no cuida de los demás al expresarse, sino que lo apisona con su «verdad». Su personaje está férreamente construido ya que proviene de sus miedos. Al elegir una sola verdad, este personaje calla las otras múltiples posibilidades. Además, al expresarse sin prudencia, elimina lo bello, lo amoroso que puede tener su opinión no impuesta. Su personaje es el que se defiende con la máscara de lo «directo».

Lo no expresado construye nuestras máscaras.

Arthur Miller escribió en la obra de teatro El precio que «nos inventamos a nosotros mismos suprimiendo lo que sabemos«. En esta pieza, uno de los protagonistas, ha ocultado a si mismo y a su mujer una verdad dolorosa de su pasado. El amor ciego por su padre le hace callar una realidad que le hubiera hecho vivir esa relación sin amor. En su pasado prefirió no ver la injusticia y el desprecio de su padre hacia él para construir una relación falsamente amorosa. Elige vivir sacrificado para mendigar unas migajas de lo que él creía que era amor. Y fabrica un personaje «inocente» de la podredumbre que le ha rodeado, sin darse cuenta de que está metido hasta las cejas en ese pozo de silencios.

Todo esto lo podemos ver en Constelaciones Familiares cuando aparecen a la luz las relaciones invisibles que han tejido nuestras relaciones paterno-filiales. Las líneas invisibles que son las que hemos callado durante nuestra vida.

Es posible que al callar huyamos del dolor, pero no hay mayor dolor que no ser nosotros mismos con toda su amplitud.

Mientras tanto sigamos el consejo de Pitágoras: Cierra tu boca mientras tu corazón esté cerrado.

Si quieres saber más de cuáles son nuestras máscaras y de cómo aceptarlas puedes venirte con nosotros a nuestro taller de Psicoescena©.

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