Compartir

Educación Emocional para Padres y Profesionales.

El otro día, estando en el parque con mis hijos, presencié una escena muy cotidiana.

De repente, un niño que estaba jugando con la arena, entró en cólera, llorando y pataleando porque otro niño le acababa de quitar su cubo lleno de arena. La madre, apresuradamente, se acercó a su hijo y le exclamó. “¡No te pongas así! ¡Debes aprender a compartir!”.

A su vez, el padre del otro niño le dijo a su hijo: “¡Devuelve el juguete ahora mismo! ¡No es tuyo!”.

Qué situación tan habitual….

Educación Emocional

Educación Emocional para Padres y Profesionales

¿Qué les estamos enseñando a nuestros niños?

Posiblemente  les estemos diciendo: “¡No te enfades!”  “¡No sientas lo que sientes!”

Con la mejor de nuestras intenciones y para evitar su sufrimiento,  cuando, en realidad, no le estamos permitiendo experimentar su enfado, su ira.

¿Y qué ocurre cuando nuestro hijo siente celos o envidia?, o ¿cuándo se pone triste porque su globo se ha volado o su juguete preferido se ha roto?

Rápidamente intentamos distraerle con algo para así evitarle la pena o la angustia…

Así es, desde pequeños nos enseñan que existen emociones buenas, como la alegría y otras no tan buenas, como la tristeza o el enfado.

Y nos enseñan a reprimir estas últimas, a no sentirlas…. para no sufrir…

Pero, al intentar proteger a nuestros hijos de ciertas emociones, en realidad, les impedimos que descubran qué pensamientos les han llevado a experimentar esas emociones. Y sólo, a través de la gestión de sus pensamientos tendrán la oportunidad de decidir libremente si quieren mejorarlos o no.

Los niños necesitan sentirse tristes, ansiosos, enfadados y envidiosos. Y nuestro papel como padres es acompañarles mientras sienten esas emociones.

Nuestra educación, como ya hemos dicho desde este blog, ha sido represora en lo corporal y en lo emocional como forma de expresión, de comunicación y  se ha conseguido primando la mente por encima de las otras, ¡como si fuera una lucha! ¡Como si hubiera que ganar algo!

Y nos metimos en esta guerra sin darnos cuenta que nosotros somos un todo y que no hay división alguna en nuestra comunicación.

Todo ello nos condujo a una realidad donde no aceptamos nuestras propias emociones y no las queremos, o no podemos, verlas en nuestros hijos.

Los adultos solemos justificar lo que sentimos, es decir, lo racionalizamos, posiblemente para sentirlo menos. Así, escondemos nuestros enfados o nuestros miedos, porque no está «bien visto» hablar de lo que sentimos.

Entonces hablamos de «estrés o de agobios», o de «la coyuntura» o de «lo mal que están los demás», justificando así nuestro alejamiento emocional.

Muchas veces «pensamos lo que sentimos» y pocas «sentimos lo que sentimos». Y así posiblemente estemos educando…

En el parque, el otro día, un niño de cinco años molestó a otro de dos y este se echó a llorar. El niño mayor le gritó, riéndose: «¡Lloras como una niña, como una niña….!» Al cabo de media hora, escuché a un padre gritar a su hijo: «¡Te pasas el día llorando, nenaza!». Esto no es una exageración, ni algo de otras épocas, sucedió en Madrid en el Verano de 2013.

Con este taller queremos contribuir a alejarnos cada vez más de estas y otras situaciones que se repiten día a día, a nuestro alrededor, y en nosotros mismos.

Y en este taller no damos recetas mágicas…porque no las conocemos…

Vamos aprendiendo día tras día gracias a nuestros hijos, gracias a nuestras equivocaciones. Gracias a los participantes.

Y también tenemos claras dos cosas. La primera es que nuestros hijos aprenden por imitación. A todos nos preocupa que nuestros hijos aprendan a relacionarse pero ¿cómo nos relacionamos nosotros con ellos? ¿y con los demás?

Y la segunda es que las emociones forman parte importante en nuestra vida y como tal, desde muy pequeños las compartimos con ellos y así les acostumbramos a que ellos compartan las suyas.

* Educacion Emocional 3 copia

Educación Emocional

Un día atrás sucedió esto no muy lejos de aquí:

Un padre se enfadó mucho con su hijo de dos años, le pegó un grito y el niño se asustó mucho. El padre, al darse cuenta, quiso rectificar, bajo el tono e voz y se puso a su altura, pero el niño estaba llorando tanto que ni se dio cuenta del cambio.

Después de unos minutos, el niño se calmó y el padre también. Este, realmente, ya tenia la mente en otras cosas, de tan rápido que van los pensamientos.

Entonces se levantó y al pasar al lado de la sillita del niño, este le agarró por la cintura fuertemente, como solo un niño pequeño de esa edad puede hacerlo, y le preguntó sin mirarle:

– Papá, ¿te enfadas?

– No, hijo mío, contestó el padre.

Y el niño, siguió la conversación, así sujeto a su padre:

– Papá, ¿te enfadas?

– Que no, hijo.

– Papá, ¿te enfadas mucho?

El padre hizo una pausa y recapacitó:

– Sí, hijo mío, me enfado mucho, pero ahora no estoy enfadado, estoy contento.

El niño contuvo la respiración y dijo:

– ¿Me quieres?

– Si, hijo, yo te quiero… Y cuando me enfado…te quiero.

El niño volvió la cara y, sin soltarse, le dio un beso. El padre prosiguió:

– Cuando me enfado, te quiero y cuando me enfado mucho, te quiero mucho y cuando me enfado muchísimo, te quiero muchísimo.

El niño seguía abrazado a su padre sin aflojar un poco. Y el padre concluyó:

– Y cuando te digo «no», es cuando más te quiero. Siempre te quiero.

El niño volvió la carita hacia su padre, le miró brevemente y le dijo:

– ¿Jugamos, papá?

Y le bajó de la silla y jugaron.

 


Compartir
Logo Luis Dorrego
Política de Privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Puedes consultar nuestra Política de Privacidad haciendo Click Aquí