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Aunque en los diccionarios  y en nuestro lenguaje cotidiano figure y usemos la palabra vulnerabilidad como sinónimo de  debilidad, fragilidad, inseguridad, flaqueza e inclusive como pusilánime, hoy me da placer reivindicarla en su definición de la RAE:

«Que puede ser herido o dañado física o moralmente».

Y ¿cuántos de nosotros nos permitimos sentirnos vulnerables en alguna ocasión? ¿Y cuántos lo admitimos tanto íntimamente como en público?

La vulnerabilidad ¿Qué es para nosotros?

Tanto nuestra educación, donde perviven las creencias sobre que vivimos un mundo duro e injusto, como la ausencia de una gestión emocional en el ámbito familiar y laboral, han pervertido la palabra identíficándola como algo negativo cuando, bajo mi punto de vista, vivir la vulnerabilidad es sanador.

Mostrar nuestra vulnerabilidad nos hace humanos, imperfectos y hermosos. Humanos porque simplemente tememos, porque el miedo a ser dañados y poderlo mostrar es sencillamente un don.

Imperfectos porque somos humanos que  aunque deseen y aspiren a la perfección  nunca la alcanzarán en esta vida. Y finalmente hermosos ya que paradójicamente al mostrar nuestro temor a que nos hagan daño esa misma acción nos vuelve valientes y grandes.

La debilidad asociada a este concepto nos hace crear en nuestra vida personajes duros, «invulnerables» como héroes de cómic y crear una gruesa capa de cemento alrededor de nuestras emociones.

Muchos de nosotros hemos sido educados hace ya algunas generaciones  y especialmente los hombres, creo en la creencia de que había que ser duro y no mostrar los sentimientos.

En el mundo laboral se reproduce este esquema y desafortunadamente cuando la mujer entra en ese mundo incorpora este comportamiento como un valor en si mismo produciéndose un efecto paradójico en nuestra sociedad. En muchas ocasiones he escuchado a mujeres y hombres afirmar en charlas de café que preferían tener «jefes hombres antes que a una mujer», posiblemente y precisamente por este desatino.

Recuerdo una ocasión en la que al comentar la actitud y el no verbal de una joven profesional que asistió a mi curso de hablar en público le hice la sugerencia de que podría mostrar un poco su vulnerabilidad ya que se escondía detrás de un personaje duro,rígido y distante, cosa que  ella no era en absoluto en la cercanía, pero si cuando adoptaba un rol profesional.

Al poco tiempo me llamó para decirme que estaba muy feliz ya que había llorado un par de veces en el despacho de su jefe. Este es el error que cometemos confundiendo la vulnerabilidad con la debilidad. No nos han enseñado como gestionar nuestras emociones y vamos creando máscaras que reflejan comportamientos pensados y no sentidos.

Se puede ser frágil, ¡tenemos permiso!  y somos frágiles como bebés; no por ser adultos tenemos el don de la fortaleza invulnerable.

Somos frágiles y podemos ser firmes al mismo tiempo.

Nuestro cuerpo es frágil y nuestras convicciones y comportamientos pueden ser poderosos y firmes. Podemos ser fuertes en nuestra generosidad y nuestra capacidad de amar y vulnerables ante cualquier rechazo, ante el dolor.

Y reconocer el dolor nos regresa a nuestra humanidad ya que todos somos vulnerables y algunos  valientes se atreven a reconocerlo y a mostrarlo.

Podemos dejar de vivir la máscara del fuerte, del poderoso, del héroe y sentir mas y mas que los demás existen con sus vulnerabilidades, sus miedos y sus temores. Quizá ese reconocimiento del otro sea un comienzo del camino para quitarnos esas máscaras dolorosas, más que el propio dolor.

Porque quizá no sea más que miedo al miedo, miedo a lo desconocido, miedo a vernos en los espejos de los demás sin reconocer que el otro es como yo,  y ambos danzando la mascarada del miedo a mostrarnos vulnerables.

(Para mi amigo Luis Fernando Martinez, terapeuta y especialista en Resilencia)