Blog, Desarrollo Personal Luis Dorrego - 26/05/2017

LA FELICIDAD ENJUICIADA (Segunda parte)

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Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…

Groucho Marx

Hay momentos en los que todo va bien: no te asustes, no duran.

Jules Renard

(En esta continuación del post anterior me voy a permitir jugar un poco con el humor. Que no se asusten las mentes serias y circunspectas.)

Tu objetivo en la vida, ¿cuál es? ¿Conseguir la felicidad? A mí me parece bastante poco…

¿Sentirte “bien” todo el tiempo? ¡Qué aburrido!

Me explico.

Cuando llegan muchos de mis clientes y les pregunto sobre sus objetivos en su vida, contestan que desean la felicidad. Después les sigo inquiriendo sobre qué es eso para ellos y, sobre todo, para qué desean la felicidad. Ahí se produce un momento de “crisis”. “¿Pues para qué va a ser?”, me responden, “¡Pues para ser feliz!” Y me miran como si fuera un alienígena que no entendiera lo más básico de los humanos.

Y, por supuesto que no lo entiendo. Es como si fuera una obligación “el deber de ser felices” y. ¿qué sucede con los demás momentos?…

Es de locos o de rebeldes el no desear la felicidad en la Tierra, ¿cierto?

desear la felicidad

Para mi, este objetivo está sobrevalorado. Pero si es solo un ¡sentimiento! Y los sentimientos, sentimientos son.

La felicidad es un estado de ánimo que, como todos ellos, está construido gracia a una emoción y una serie de pensamientos infinitos. Como escribe el doctor David, R. Hawkins, la mente es un mecanismo de supervivencia y su método principal es el uso de las emociones, Estas engendran los pensamientos y, con el tiempo, se convierten en una versión taquígrafa de ellos.

De esta forma, tenemos asociados miles de pensamientos a una emoción. Por ejemplo, cuando sentimos alegría nuestra mente crea pensamientos, o más bien, los repite, creando un sentimiento determinado. Este puede durar un minuto o toda una vida. Por todo ello, cambiando los pensamientos seríamos ya capaces de ser todos felices ¿no? Así de sencillo, ¿verdad? Si siento alegría o tristeza y cambio mi mente para que sepa aprovechar, experimentar, aprender cada uno de esos momentos ya me sentiré feliz, ¿no? ¡Pues qué fácil! Y ¿por qué no lo consigo? Bueno, se ha escrito mucho sobre eso y este no es el lugar.

Por todo eso, cuando continúo preguntando a mis clientes sobre el para qué desean la felicidad, tras unos minutos de cortocircuito mental se dan cuenta del bucle que tienen en la mente y comienzan a avanzar y hacerse la pregunta desde otro lugar, no sin sentir un poco de sudores fríos.

Entonces se produce el milagro, contactan con algo olvidado de ellos mismos.

Algunos llegan a decir que para querer o ser queridos, para sentirse aceptados, que para sentirse libres…

Y esa es una razón más profunda que la felicidad-estado-de-ánimo: Se trata de objetivos más concreto, más terrenales. Algo que se puede llevar a acción. Para sentirte querido quizá haya que revisar algo con el pasado o crecer en tu autoestima, para sentirte aceptado podemos reconocer tus partes oscuras e iluminarlas. Para sentirte libre quizá puedas aprender a amar de una forma incondicional… Y para sentirte feliz, ¿cuál es tu plan de acción?

Lo cierto es que, para mí, un objetivo a cumplir es mejor que un estado de ánimo. Me puedo equivocar o conseguir raudamente el éxito, ¡quien sabe! Como dice Groucho, la felicidad está hecha de pequeñas cosas.

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