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En el transcurso de nuestro tiempo, de nuestros tiempos, ¿cuántos momentos dedicamos a mirar los procesos, nuestros procesos?

Ya se que se ha escrito infinidad sobre este tema y no quería dejar de pasar un tiempo de mis «procesos vitales» para lanzar una breve reflexión.

El placer de los procesos.

Acabo de vivir el proceso del embarazo de mi mujer durante sus nueves meses y el del nacimiento de nuestro hijo y ahora queda el largo proceso de nuestro apoyo en su crecimiento manteniendo el corazón a punto.

Durante este tiempo, curiosamente, los que nos rodean nos han estado repitiendo, en ocasiones bienintencionadamente, las siguientes frases:

«Que sepas que ya se te acabó el tiempo», «no sabes lo que te espera» o «aprovechad ahora que el tiempo pasa rápido».

Y me hago varias preguntas. Una de ellas es sobre cuanto de su mundo han proyectado en mi con cada frase, otra es sobre cómo habrán vivido ellos estos momentos que vivo felizmente, y por último que cómo el tiempo puede pasar tan rápido o tan lento.

Yo me veo viviendo el momento y disfrutando de cada instante de esta vida y ahora la experiencia de la paternidad.

Todo el trabajo de estos años, además de conocerme a mi mismo, ha sido la de procurar no quedarme en el pasado ni anticipar el futuro, sino el de vivir cada instante de este proceso que llamamos Vida, y cada día me esfuerzo más para conseguir mucha más presencia.

Creo que he disfrutado cada segundo de estos meses del embarazo de mi pareja, tanto en sus momentos felices como en los menos alegres, y vivo con intensidad cada instante del nacimiento y primeros días de mi hijo.

Y no encuentro esa «falta de tiempo», así como tampoco el tiempo que sobra: el tiempo lineal, el cronológico, siempre es el mismo sólo depende de cómo lo usemos, de qué elegimos. Y siendo conscientes de esa elección estaremos más en el proceso, pieza fundamental de la experiencia.

Uno  de mis primeros placeres infantiles que creo recordar es el del desear conocer cómo funcionaban las cosas, qué había detrás de cada novedad, como cualquier niño.

De entre los primeros hechos que rememoro  me encuentro jugando con un corcho y experimentando la sorpresa del descubrimiento de la flotación de los objetos, seguro que pasé un largo tiempo con esa actividad asombrosa.

También me veo abriendo -bueno, descuartizando más bién- un coche de carreras a pilas para descubrir que escondía bajo su carrocería y qué le hacía funcionar tan misteriosamente. Posteriormente pasé a los aparatos electrónicos de mi padre, activad que me hizo ganar algún que otro cachete.

En suma, ¡todas esas cosas tenían un funcionamiento oculto a simple vista!

Y yo deseaba averigüarlo, no importaba el tiempo, no había prisa.

Y eso era un proceso: algo que consta de fases sucesivas que no puede desarrollarse sin una de las partes. Yo no lo sabía aún.

Luego fui al cine y viendo buenas y malas películas fui dándome cuenta de que la diferencia entre ellas estribaba en que una o más de las fases no formaba parte del total  o que si se encontraba pero defectuosa, de que en el proceso de construcción algo faltaba o algo había salido fallido.

Como director de teatro puse mucho énfasis en el proceso (propio también de los ritos) y en que cada parte estuviera «a tiempo», con «good timing».

Y ahora me encuentro con muchas personas que no saben disfrutar de esta experiencia tan consustancial a la nuestra en este mundo.

En ocasiones no comprendo cómo muchos de ellos quieren «terminar pronto», llegar al final antes de pasar cada fase, aunque los libros de autoayuda estén llenos de esta metáfora. «Es que esto exige mucho compromiso y yo no lo sabía», «es mucha responsabilidad…. por eso lo abandono a medio camino», actitudes que se repiten día a día a mi alrededor.

Huida, escape, gratificación inmediata. en busca de fórmulas mágicas, recetas milagrosas que, entre otros ardides, nos sirven para atajar, para cortar al proceso su tiempo, su tiempo necesario, particular y profundo.

La paradoja, a veces trágica, para muchas de estas actitudes se refelja en que se ven abocados a repetir  una y otra vez esos hábitos que, como en el castigo de Sísifo, cuando se creen que ya han llegado, tienen que volver a comenzar.

En el teatro la mayor parte de los profesionales, exceptuando a los actores, vivimos necesariamente y hacemos  nuestro ese proceso, llamado producción o ensayos, que permite que el público pueda a su vez disfrutar del resultado en el espectáculo.

Para ello le ponemos todo el amor y conocimiento (el orden no altera el producto) delegando responsabilidades, generando confianza en el equipo y arriesgando mucho más de lo que el público suele conocer.

Y eso es placer para este que suscribe, el placer de la experiencia de que en cada momento se está aprendiendo si se está en el momento. Ahora mi momento es también mi paternidad y a mi hijo Héctor le dedico estas palabras escritas.